La popular poeta oral Andrea Gibson nos cuenta que ha luchado contra el cáncer más de diez años, lo venció en un par de ocasiones, y siempre regresa, la última vez, los médicos le dijeron que no había manera de curarla, es decir, el cáncer gano la batalla, pero lo verdaderamente importante es como lo afronto esta mujer, que lejos de dejarse vencer como los médicos le decían, aconsejaban, recalcaban e insistían, por el contrario, decidió luchar en todo momento contra la enfermedad, aceptando cada tratamiento por más experimental que fuera, agradeciendo y disfrutando el tiempo que le ganaba, fueran un par de meses, tres semanas, o solo un segundo, que según la misma Andrea, ahora le parecía un instante eterno, mirando todo de manera distinta, devorando la belleza de todo lo que el mundo ofrece, un paisaje, unas palabras, el ataque de un enemigo, el mismo dolor...
Es un mensaje impactante viniendo de una poeta que siempre jugó con la idea del suicido y de la muerte, incluso con algunos intentos de quitarse la vida en su juventud, pero que justo cuando la diagnosticaron, entendió el inmenso valor de la vida, deja claro esto en un íntimo momento de vulnerabilidad en la bañera para con el director Ryan White, cuando supo del cáncer decidió que estaba bien morir, pero "jamás sería obra mía" declara la mujer con seguridad desbordante. El director especializado en documentales grabó muchísimo material de Gibson desahuciada, y captó instantes y confesiones maravillosas, donde vemos a Gibson luchar día a día con el dolor, con la mejor cara, su pareja Megan Falley - escritora y editora de Gibson - soportar el peso de cuidarla tantos años, los momentos donde se derrumba, y esa sabiduría en Andrea que solo se obtiene cuando se sabe con el tiempo contado.
Poco más hay que añadir de este documental, son instantes de una vida que se va apagando frente a nuestros ojos, pero donde ambos -protagonista y director- decidieron mostrar el lado hermoso de la vida, el optimista, el de lucha, los momentos de felicidad, la esperanza efímera, la belleza del mundo, y el dolor de la despedida con todo y preparación para ello, tanto para un último show que no se sabe si podrá realizarse, como para el estar siempre para sus seres queridos, por si es la última vez, quedando claro en esa llamada religiosa a sus padres que nunca puede faltar en el día. Y quedan los momentos impresionantes, como la historia de baja autoestima de Megan por su imagen, siempre luchando contra sus kilitos de más, enviada a campamentos para bajar de peso en su juventud, y con vergüenza de su cuerpo algo robusto, y su momento de quiebre, cuando le pregunta a Andrea algo como "¿extrañas ser un icono del cabello?" para recibir un tajante "solo quiero tener un cuerpo, no me importa como se vea", resulta tan clarificante para ella como para nosotros como espectadores.
O ese momento donde se rompe después de salir de con la doctora, que le acaba de soltar un "podemos comprar unos meses", que se sintieron como un marro para un espectador, con mucha más razón para ella, y que además muestra la conocida indolencia de los médicos, aunque prefiero quedarme con lo bueno, con Andrea sacrificando su cuerpo, voz y memoria con tal de vivir un momento más, con su nueva visión de vida donde ser un icono feminista o estar molesta por nimiedades, como el como se dirijan a ella ya no importa, donde disfrutar un canto de un pájaro sabe a gloria, y celebrar un buen diagnóstico que le da un poco de tiempo más, porque cada segundo ya es larguísimo, al final uno termina deshecho, y si aguantaron como machos, cerramos con "Salt Then Sour Then Sweet" de Sara Bareílles, para terminar de derrumbarnos ante el final que a todos nos espera, aunque los caminos sean distintos.
Calificación: Bastante Bien




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