En la función de cine a la que asistí, además del olor a palomitas y algunas otras botanas, se escuchaban los incesantes cuchicheos, comentarios, bromas, sarcasmos, y hasta reclamos la pantalla, no es algo tan extraño de notar en mi querida ciudad, pero esta vez era demasiado, como si el ritmo de la directora, y esa fotografía exquisita contemplativa, les parecieran insoportables al cinéfilo común, esto ocurría de manera particularmente desesperante con la pareja que habíadetrás, pero de pronto empezaron a callarse, cada vez hablaban menos, hasta que en cierto momento quedaron en silencio total, que a su vez fue cambiado por sorbos de narices, carraspeos de gargantas, y suspiros quejumbrosos que solo se escuchan cuando se intenta ahogar el llanto, yo los entendía perfectamente, estaba en ese estado desde mucho tiempo antes a que ellos llegaran, pero que este par de orates se rindieran, y lloraran a tambor batiente cuando por supuesto que no era su intención, demostraban la calidad de lo que visionábamos.
Cuando llegaron los créditos finales la sala quedo en silencio, lagrimas por aquí y por allá, sollozos en la oscuridad, largos suspiros interminables, y una vergüenza generalizada porque nadie quería ser visto llorando, por lo que nadie se levanto, aun con la luz prendida, la sala estaba en shock, y también totalmente derrotada, comenzamos a vernos las caras, ya no existía la vergüenza, solo el reconocimiento del sentimiento propio en cara de los demás, es algo que muy pocas veces he vivido en una sala de cine, que una cinta que no busque el chantaje toque los corazones de los asistentes, solo por esta experiencia, me recordé a mi mismo el valor de ver el cine en el cine, como esa experiencia grupal que nos une en otro mundo, por lo menos durante unos breves pero perdurables instantes.
La cinta cuenta la historia imaginada sobre lo que pudo haber causado que uno de los autores más importantes de la historia e4scribiera su obra más emblemática, y lo hace de manera tan bella que uno no puede más que rendirse a ella. Iniciamos con una toma hermosa de la naturaleza, y la luz colándose a través de los arboles, para después ver a la hermosa Agnes (Jessie Buckley en estado de gracia) durmiendo en medio del bosque, entre las raíces de los arboles, para que entendemos de inmediato que clase de persona es, después la vemos llamar a un halcón, y la vemos casi hipnotizados, pero no tanto como el profesor de latín Will (Paul Mescal, excelente), que de inmediato la busca para conocerla, ahí la chica que tiene algo de salvajidad celta toma su mano, una manera que tiene para ver el yo interior de las personas, y dejarse besar, justo como le había asegurado que sucedería el pretendiente.
De aquí en más los vemos conocerse, como van acercándose el uno al otro, y un detalle crucial, el como ella ya le ha adelantado su futuro, al tiempo que esto se ve mostrado en ese relato del amor imposible de Orfeo y Eurídice, donde además se toca la negación a la muerte, y como esto lleva a otras penurias, pero principalmente, donde el hijo del guantero demuestra su habilidad narrativa, en tanto Agnes lo escucha absorta, transportada a ese mundo, sin nada más que la voz elocuente de un hombre, en este primer acto vemos el inicio del amor de esta pareja, lo que tienen que enfrentar, al mismo tiempo que nos queda claro como era su vida antes de conocerse, pero también que cuentan con el apoyo de otras personas, como el hermano de Agnes, el buenazo Bartholomew (Joe Alwyn), que siempre esta para ayudarla, en contraparte de los que siempre los agreden y obstaculizan.
Para entonces la cinta ya me había ganado, con esa fotografía hermosa, que da preponderancia a la luz natural, y logra que las personas parezcan salir de alguna pintura victoriana en los fotogramas de la película, con la importancia dada a la naturaleza, ese montaje tan logrado, incluso con los saltos de tiempo, y esos encuadres que dan el mensaje que justo quiere mostrar la directora junto a su co-guionista Maggie O'Farrell, autora del libro en que se basa ese mito histórico. Agnes da a luz a su primogénita Susanna (Bodhi Rae Breathnach), y luego a dos gemelos, Judith (Olivia Lynes) y Hamnet (Jacobi Jupe, muy bien), con todo y mucho drama, la madre recordando su tormentoso pasado, pensando en su muerte, con todo y niña sin signos durante momentos que se sienten interminables, a partir de aquí nace el temor de Agnes por perder a Judith, y con su esposo siempre ausente, para poder trabajar en el teatro que ama, si no quiere volverse un ser amargado.
En esto siempre lo apoya su mujer, hasta que sucede algo que para la época no era tan extraño, pero que no por ello es menos doloroso, y el matrimonio empieza a derrumbarse, hasta esa parte final catártica, que es un climáx alargado majestuoso, y que como ya anote, silencio por completo a la sala, a no ser por los llantos de dolor y felicidad imposibles de evitar. El punto crucial viene en ese dialogo de Agnes para con su hijo "Nunca, nunca te dejaré ir", que en lugar de ser esa idea de amor pensada, los condeno a los dos a quedarse varados, ella por ser una atea consumada, él por quedarse esperando algo que nunca llegaría, Agnes aleja a Will, le recrimina, lo culpa, le infiere a cada momento su abandono, su lejanía, su ausencia, y este desesperado, después de perder a su hijo y su familia, queda entre dos decisiones, escapar de la vida como un cobarde, o enfrentar la realidad aprendiendo a vivir sufriendo.
Por supuesto que la decisión es la segunda, con todo y el folclore sobrenatural que parece inspirarse en su mujer, y así Agnes asiste casi a regañadientes a esa obra que se supone puede ser la desilusión total de su esposo, que tomo su dolor para convertirlo en un espectáculo morboso, pero en lugar de ello, entrara a un mundo surrealista, casi idílico como su bosque, donde es testigo de una obra que ve al inicio con desconfianza, con incomodidad, para pasar a la ira total, y mutar a sorpresa, comprensión, orgullo de ver a su marido despedirse y a su hijo cumplir su deseo, hasta ese final majestuoso donde Agnes lo entiende, su marido logro que todos lloren la muerte de su hijo, por la eternidad, lo perdona, y por fin libera a su hijo para que avance a la eternidad, liberándolo de sus palabras, amándolo igual que siempre, en ese tour de force que es ver a Buckley destrozarnos el corazón solo con gestos tan sencillos de leer, junto a la música de Max Ritchter, la dirección de Zhao, y la fuerza imperecedera de la obra de Shakespeare.
Calificación: Excelente
















































